¿Existe Dios?

Seamos sinceros: nadie ha visto directamente a Dios. No hay muchas señales de su existencia. Si las hubiese, no habría tanta discusión al respecto, y sencillamente, los ateos se convertirían. No vacilamos en calificar de ‘loco’ a quien crea que la ciudad de Montreal no existe; pero no nos apresuramos a llamar ‘loco’ a quien crea que Dios no existe, en buena medida porque aceptamos que, aun si no estuviéramos de acuerdo con él, el ateo no defiende una postura escandalosamente irracional.
Ahora bien, si no hay señales inequívocas de la existencia de Dios, ¿por qué hay tanta gente que cree que Dios existe? La vasta mayoría de los creyentes lo hace por algún acto de fe: aun frente a la ausencia de razones, creen que Dios existe. Pero, otros creyentes afirman que Dios existe porque, a su juicio, sí hay pruebas de su existencia. A su juicio, quizás esas pruebas no son tan contundentes como nos gustaría, pero hay al menos suficientes elementos racionales como para intentar demostrar la existencia de Dios. Hoy los filósofos no se preocupan demasiado por este tema, pero en la Edad Media, fue una de las cuestiones fundamentales de la filosofía.
Se han esgrimido varios argumentos para probar la existencia de Dios. El primero consiste en señalar que la misma idea de Dios ya implica su existencia. Pensemos en lo que la palabra ‘Dios’ significa: una entidad buena, omnipotente y perfecta. Pues bien, si es perfecta, entonces esa entidad necesariamente existe. Pues, para que una cosa sea perfecta, debe existir. Si no existiese, entonces ya no sería perfecta, pues es más perfecta una cosa que existe, que una cosa que no existe. Dios debe existir, pues si no fuera así, ya no sería Dios.
¿Perplejos? Muchos filósofos en efecto han quedado perplejos con este argumento. Vale admitir: resulta bastante enigmático. Por una parte, es muy sospechoso que un argumento como ése logre probar algo, pero por otra parte, no es fácil precisar por qué debemos rechazar el argumento en cuestión. Quizás, podamos responder que el argumento falla al asumir que Dios deja de ser perfecto si no existe. Probablemente el hecho de existir o no tiene ninguna implicación sobre la perfección de Dios, en buena medida porque la existencia no es algo que propiamente podamos predicar sobre ningún ente.
Como vosotros, muchos filósofos han quedado rascándose la cabeza al contemplar estos argumentos, y han preferido pasar a considerar otros argumentos a favor de la existencia de Dios. Hagamos lo mismo.
Contemplemos las causas y los movimientos en el universo: todo evento es causado por otro evento, y todo objeto que se mueve ha sido movido por otro agente. El universo es como un inmenso juego de fichas de dominó organizadas de manera tal que, al tumbarse una, ésta tumba a otra, y ésta a otra, y así sucesivamente. Ahora bien, tuvo que haber habido una primera ficha de dominó que tumbó a los demás. Y, de la misma manera, tuvo que haber habido una primera causa que causó a las demás, o un primer agente que movió a los demás. Pero, esta primera causa o primer agente debió haber causado sin ser ella misma causado, o movido sin ser él mismo movido. Ese agente que causa sin ser causado, o mueve sin ser movido, debe ser Dios.
Mucha gente ha quedado convencida de la existencia de Dios con este argumento, pero no deja de tener fallas. Pues, ante una cadena de causas, debemos preguntarnos: si Dios es la causa de todo, ¿cuál es la causa de Dios? Algunos filósofos opinan que Dios no tiene causas, porque en algún momento, la cadena causal debe interrumpirse, pues no puede seguir hasta el infinito. Pero, no parece haber una razón clara por la cual la cadena causal no pueda prolongarse hasta el infinito. Estamos acostumbrados a creer que todo debe tener un inicio, pero no necesariamente debe ser de esa manera; quizás el universo ha existido desde siempre.
La prueba más común que los filósofos emplean para afirmar que Dios existe es la apelación al orden del universo. Si observamos nuestro mundo, vemos que, desde el funcionamiento de la célula, hasta la configuración de los planetas, hay apariencia de diseño. Nada de eso pudo haber surgido por cuenta propia. Si en el universo hay apariencia de diseño, entonces debe ser porque hay un diseñador. Y, por supuesto, ese diseñador es Dios.
Pero, una vez más, no deberíamos ir tan de prisa. Quizás haya un mecanismo que permita que surja apariencia de diseño, aun cuando no haya diseñador. De hecho, ese mecanismo ya existe entre los seres vivos: la selección natural. Un lagarto es verde, no propiamente porque Dios le dio ese color, sino porque su pigmentación le sirve de camuflaje. Quizás hubo lagartos azules, pero éstos murieron en las garras de los depredadores. Lo mismo puede ocurrir con el universo: quizás ha habido otros universos en los que no ha habido el orden que sí tenemos en éste. Así, nuestro universo tiene orden, no porque Dios se lo haya concedido, sino porque resultó ser el afortunado en una competencia con otros universos.

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